miércoles, 26 de diciembre de 2012
Jim Elliot (1927–1956)
Jim Elliot fue uno de cinco misioneros estadounidenses en Ecuador martirizados por los indios waodani. Es conocido por su frase: «No es tonto aquel que da lo que no puede mantener para ganar aquello que no puede perder».20 En otra anotación de su diario, comentando los versículos iniciales de Judas, escribió:
Ciertamente los hombres del grupo al que Judas escribió habían cambiado la gracia por vidas libertinas, negando al único Amo y Señor, Jesucristo. Esto se escribió para mi día: Pues hoy escuché de hombres que predican que la gracia significa libertad para vivir desenfrenados fuera de cualquier norma de pureza moral, declarando: «No estamos bajo la ley, estamos bajo la gracia». ¡La gracia se cambió a άσέλγεια [«libertinaje»]! Combinado con ello hay una herejía del siglo veinte que proclama que Cristo es Salvador solo por derecho y Señor por «opción» del «creyente». Esta negación del Amo y Señor único predica solo la mitad de su persona, declarando solo parcialmente la verdad que está en Él, Jesucristo[.] [El evangelio] debe predicarse con la aprensión total de lo que Él es, un Señor exigente así como un Salvador libertador... Negar el señorío de Cristo es desobediencia lo cual, de ninguna manera, hace flexible la condición de Dios, pues esto hace a Dios no serlo.
J. Campbell White (1870–1962)
Al hablar en 1906 en la conferencia internacional del movimiento de estudiantes voluntarios para las misiones extranjeras, J. Campbell White desafió a su audiencia con estas palabras:
¿Es cierto o es falso que Jesucristo es el único dueño justo y Señor de nuestras vidas? Martín Lutero pensó que era cierto cuando dijo: «Si alguien tocara a la puerta de mi pecho y dijera: “ ¿Quién vive aquí?” Yo no respondería: “Martín Lutero”, más bien diría: “el Señor Jesucristo”». Pablo dio expresión a la realidad más grande de su vida cuando dijo: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». «Porque para mí el vivir es Cristo». Él no solo se consideró a sí mismo como esclavo de Cristo sino que consideró esa actitud como la normal y justa para todo discípulo de Cristo. «No sois vuestros. Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios». «Vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios». «Para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre». «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». Y nuestro Señor mismo consideró esta como la única actitud correcta de todo seguidor suyo hacia
sí mismo. «Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy».
Este señorío y dominio de Jesucristo aplica no solo a nuestras vidas, sino que conlleva todas nuestras posesiones y poderes... No puede haber cuestionamiento posible sobre la consideración de Jesucristo de sí mismo como el Dueño y Señor de nuestra vida. Para nosotros la pregunta es: ¿Hemos reconocido su señorío y estamos viviendo en tal actitud hacia Él?
... Me pregunto a mí mismo como a usted esta noche, si hay algo tan divino que podamos hacer con esta vida nuestra, por el bien de la humanidad perdida, como para obligarla en esclavitud perpetua y voluntaria a Jesucristo y decirle a Él: «Si Dios me muestra algo que pueda hacer por la redención de este mundo que todavía no haya intentado, por su gracia lo acometeré inmediatamente porque no puedo, no me atrevo, a acercarme al juicio hasta que haya hecho todo lo que Dios espera que yo haga para difundir su gloria alrededor del mundo».
R. C. H. Lenski (1864–1936)
[Debemos] presentarnos nosotros mismos y nuestros miembros como δουλοι [«esclavos»] ante Dios después que se nos ha liberado del dominio del pecado y ser esclavos de Dios felices y bendecidos. Aquí tenemos la norma de Lutero: el «vivir bajo Él en su reino y servirle», etc. El participio [en Romanos 14.18] significa «ser esclavo y trabajar como esclavo». La implicación no es la misma que en διακονειν [«servir»], rindiendo servicio a Cristo, haciendo todo lo que podamos para Él, pero en todo ello no tenemos ciertamente voluntad propia pues solo nos dirige y nos controla la voluntad de Cristo. Él es nuestro Κύριος, nuestro único Señor y Amo... Aquel que como esclavo de Cristo, se somete a su voluntad en todo lo que hace «es bien agradable ante Dios» y nunca necesitará temer pararse ante su tribunal.
Alexander Maclaren (1826–1910)
La verdadera posición, para el hombre es ser esclavo de Dios. Las características repulsivas de esa maligna institución de la esclavitud asumen en conjunto un carácter diferente cuando se convierten en rasgos de mi relación con Él. Sumisión absoluta, obediencia incondicional por parte del esclavo; y por parte del Amo dominio completo, el derecho a la vida y a la muerte, el derecho a disponer de todas las pertenencias... el derecho a proferir mandamientos sin razón, el derecho a esperar que esos mandamientos se acaten sin vacilar, rápida, estricta y totalmente; estas cosas son inherentes a nuestra relación con Dios. ¡Bendito [es] el hombre que ha aprendido lo que ellos hacen y que los ha aceptado como su gloria más alta y la seguridad de su vida sumamente bendecida! Para los hermanos, tal sumisión absoluta e incondicional, la fusión y la absorción de mi propia voluntad con su voluntad, es el secreto de todo lo que hace la madurez gloriosa, grande y feliz.
Recuerde, sin embargo, que en el Nuevo Testamento estos nombres de esclavo y amo se transfieren a los cristianos y a Jesucristo. «El siervo» tiene sus esclavos y Él —que es el Siervo de Dios y no hace su voluntad propia sino la del Padre—, nos tiene como sus siervos, impone su voluntad sobre nosotros y estamos obligados a rendirle obediencia total como la que Él ha puesto a los pies de su Padre.
Esa esclavitud es la única libertad. La libertad no significa hacer lo que usted quiere, significa desear lo que debe hacer y hacerlo. Solo es libre quien se somete a Dios en Cristo y por consiguiente se vence a sí mismo y al mundo y a todo antagonismo; además, es capaz de hacer aquello que es el propósito de su vida. Una prisión fuera de donde no deseamos ir no es contención y la voluntad que coincide con la ley es la única voluntad libre de verdad. Usted habla del cautiverio de la obediencia. ¡Ah!, «el peso de demasiada libertad» es un cautiverio mucho más doloroso. Ellos son los esclavos que dicen: «Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas» y ellos los hombres libres que dicen: «Señor, pon tus cadenas benditas en mis manos e impón tu voluntad sobre la mía y llena mi corazón con tu amor; entonces voluntad y manos se moverán libres y con deleite». «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres».
Tal esclavitud es la única nobleza. En los antiguos imperios malvados, al igual que en algunos de sus sobrevivientes modernos hoy, los vice y los primer ministros procedían fundamentalmente de las clases serviles. Así también es en el reino de Dios. Quienes se hacen a sí mismos esclavos de Dios, son hechos reyes y sacerdotes por Él y reinarán con Él en la tierra. Si somos esclavos, entonces somos hijos y herederos de Dios por medio de Jesucristo...
El Hijo-Siervo nos hace esclavos y siervos. No significa nada para mí que Jesucristo cumpliera perfectamente la ley de Dios, eso es más reconocimiento para Él pero no es de valor para mí a menos que Él tenga el poder de hacerme como Él mismo. Si ustedes confían en Él, entregan sus corazones a Él y le piden que los gobierne, Él los gobernará; si ustedes abandonan su libertad falsa la cual es servidumbre y toman la libertad sobria que es la obediencia, entonces los llevará a compartir su carácter de servicio gozoso y hasta podremos decir: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió» y diciéndolo con sinceridad, tendremos ciertamente las llaves de todo deleite.
Charles Spurgeon (1834–1892)
No tenga reservas, no ejercite otra opción sino obedecer su mandamiento. Si usted sabe lo que Él ordena, no vacile, no pregunte ni trate de evitarlo sino «hágalo»: hágalo de una vez, hágalo sinceramente, hágalo alegremente, hágalo por completo. No es algo sin importancia que nuestro Señor nos haya comprado a precio de su propia sangre; por lo tanto, deberíamos ser sus siervos. Los apóstoles con frecuencia se llamaron a sí mismos esclavos, atados a Cristo. Donde nuestra versión bíblica delicadamente pone “siervo” en realidad debería leerse «esclavo-atado». Los santos antiguos se deleitaban en contarse como propiedad absoluta de Cristo, comprados por Él, propiedad suya y completamente a su disposición. Pablo fue aun más lejos como para regocijarse de tener las marcas del sello de su Amo en él y afirmó: «No permitas a ningún hombre que me angustie: porque llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús». Ahí estaba el final de todo debate: él era del Señor y las marcas de los azotes, las varas y las piedras eran las grandes flechas del Rey que marcaron el cuerpo de Pablo como propiedad de Jesús el Señor. Ahora, si los santos de los tiempos antiguos se gloriaron en obedecer a Cristo, oro porque usted y yo, obviando el grupo al que podamos pertenecer o hasta la nación de la cual formamos parte, podamos sentir que nuestro primer objetivo en la vida es obedecer al Señor y no seguir a un líder humano o promover un partido político o religioso. Tratemos de hacer solo esto y por tanto seguir el consejo de Salomón cuando dice: «Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante». Amado, esforcémonos por ser obedientes tanto en lo inapreciable como en los asuntos mayores, pues es en los detalles que la obediencia verdadera se ve mejor.14
Debemos esperar con la humildad de nuestro Amo, reverentemente, sintiendo como un honor hacer cualquier cosa para Él. Debemos autorenunciar, rendidos de ahora en adelante al Señor, hombres libres y sin embargo los siervos más reales de este Gran Emperador. Nunca somos tan libres como cuando admitimos nuestra servidumbre sagrada... Con frecuencia Pablo se llama a sí mismo siervo del Señor y también esclavo de Cristo y se gloría de las marcas del hierro ardiente sobre su carne. «Yo llevo», dice él, «en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús; a partir de ahora no permitas a ningún hombre que me angustie». Nosotros contamos como libertad llevar las ataduras de Cristo. Lo consideramos como la libertad suprema, por lo que cantamos junto al salmista: «Ciertamente yo soy tu siervo, siervo tuyo soy, tú has roto mis prisiones» (Salmos 116.16). «Jehová es Dios, y nos ha dado luz; atad víctimas con cuerdas a los cuernos del altar» (Salmos 118.27). Esta es la conducta que nuestra servidumbre al Señor demanda.15
Todo cristiano verdadero afirma sin ningún ambage que Jesús es su Señor. Porque deseamos que Él lo sea en todo y sobre cada parte de nuestro ser... Aquel que de veras ama a Jesús y sabe que es uno de sus redimidos, confiesa con todo su corazón que Jesús es su Señor, su Soberano absoluto, su Déspota usada esta palabra en el sentido de Cristo con monarquía ilimitada y dominio supremo y absoluto sobre el alma.
Charles Hodge (1797–1878)
Todos los cristianos... fueron comprados por un precio. Es decir, adquiridos por Cristo con su preciosa sangre, 1 Pedro 1, 18.19. Sí, pertenecen a Él. Sí, son sus esclavos y, por tanto, deberían actuar en consecuencia y no ser esclavos de hombres. El esclavo de un amo no puede ser esclavo de otro. Aquel a quien Cristo redime, que siente que pertenece a Él, que su voluntad es la regla de acción suprema y que realiza todos sus deberes, no para agradar a los hombres sino haciendo el servicio como para el Señor y no a los hombres —Efesios 6, 6. 7—, es interiormente libre, cualesquiera que sean sus relaciones externas... Ellos [los creyentes corintios] todos pertenecían a Cristo. A Él debían su lealtad. Ellos, por tanto, atados o libres, deben actuar en obediencia a Él y no a los hombres.
Agustín (354–430)
En sus escritos sobre Agustín, Gerald Bonner notó que «la experiencia personal como se reportó en Confesiones, lo había persuadido de que en última instancia la libertad humana solo puede ser relativa: solo esclavizándose a Dios puede alguien escapar de ser esclavo del pecado».10 A continuación hay varios lugares donde se puede observar el énfasis de Agustín en este concepto.
¿No merece su Señor tenerle como su esclavo confiable?11
Si Él, uno con el Padre, igual al Padre, Dios de Dios, Dios con Dios, coeterno, inmortal, igualmente inmutable, igualmente intemporal, igualmente creador y que dispone de los tiempos; si vino a la hora debida, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Filipenses 2.7), busca la gloria de su Padre, no la propia ¿qué debes tú, oh hombre, hacer, que buscas tu propia gloria siempre que haces algo bueno, mientras que cuando haces algo malo, buscas la manera de culpar a Dios?
Mírate a ti mismo, eres una criatura, agradece al Señor que eres un esclavo, no menosprecies al Amo. Eres adoptado, pero no por tus méritos. Busca la gloria de Aquel de quien has recibido esta gracia, oh hijo adoptado, busca la gloria de Aquel cuya gloria buscó su único Hijo auténtico.
Juan Crisóstomo (alrededor del 347–407)
En las cosas que se refieren a Cristo, ambos [esclavos y amos] son iguales: y así como eres esclavo de Cristo, así también lo es tu amo... [Es] posible para uno que es esclavo no serlo y para uno que es hombre libre ser esclavo. «¿Y cómo puede uno ser esclavo y no esclavo?» Cuando hace todo para Dios: cuando no finge ni hace algo para que lo vean los hombres: es así como uno que es esclavo de hombres puede ser libre. O de nuevo, ¿cómo uno que es libre se convierte en esclavo [del pecado]? Cuando sirve a los hombres en cualquier servicio malvado, ya sea por glotonería o deseo de riqueza o por encargo el tal, aunque sea libre, es más esclavo que cualquier otro hombre...
Tal cosa es el cristianismo; en la esclavitud concede libertad... [después de todo], la esclavitud real es la del pecado y si usted no es esclavo en este sentido, sea valiente y regocíjese. Nadie tendrá poder para hacerle mal alguno teniendo el carácter que no se puede esclavizar. Pero si es esclavo del pecado, aunque sea diez mil veces libre no tiene el bien de su libertad.8
Primero es la liberación del pecado y entonces la conversión a esclavos de justicia, lo cual es mejor que cualquier libertad. Pues Dios ha hecho lo mismo que una persona que toma a un huérfano a quien unos salvajes han llevado a su propio país y no solo fueran a liberarlo de la cautividad sino a establecer un tipo de paternidad para él y levantarlo a una dignidad muy grande. Eso es lo que ha ocurrido en nuestro caso. Pues no fue solo que Dios nos libertó de nuestra maldad anterior; también nos lleva a una vida de ángeles. Abrió el camino para que gocemos una mejor vida, entregándonos a la custodia de la justicia y destruyendo nuestra maldad anterior, ajusticiando al viejo hombre en nosotros y llevándonos a vida eterna.
Mártires del segundo siglo
En una carta de las iglesias de Lyons y Vienne a la iglesia de Asia:
Los habitantes de Vienne y Lyons de Gaul, esclavos de Cristo, a los hermanos en Asia y Frigia, que tienen la misma fe y esperanza de redención con nosotros, paz y gracia y gloria de Dios el Padre y nuestro Señor Jesucristo. La grandeza de esta nuestra tribulación, la cólera furiosa de los gentiles contra los santos y las cosas que los mártires bendecidos han sufrido, nosotros no somos capaces de expresarlas exactamente con palabra o comprenderlas por escrito.6
Policarpo (alrededor del 69-155 a.d.)
En su Carta a los Filipenses, Policarpo escribió:
Para que sepas que eres salvo por medio de un regalo misericordioso, no por obras sino por la voluntad de Dios a través de Jesucristo. Por tanto, amarren su túnica suelta y sirvan como esclavos de Dios con temor reverente y verdad, abandonando los razonamientos fútiles y el terror que engaña a muchos y creyendo en Aquel que levantó a nuestro Señor Jesucristo de la muerte y le dio gloria y un trono a su diestra. Todo en el cielo y en la tierra se sujeta a Él; todo lo que respira le servirá; Él viene como el juez de los vivos y los muertos y Dios sentenciará a aquellos que le desobedecen como responsables de su sangre.
Al relatar una visión que Hermas supuestamente había recibido, escribió:
Yo respondí: «¿Qué clase de cosas malvadas, Señor, debemos abstenernos de hacer?» «Escuchen», dijo, «del adulterio y la inmoralidad sexual, de la embriaguez desaforada, de la lujuria maligna, del derroche de alimentos, de la riqueza extravagante, de la ostentación, del orgullo y la arrogancia, de la mentira, la calumnia y la hipocresía, de guardar rencor y de hablar cualquier blasfemia. Estos son los más perversos de todos los actos de la vida humana. Por eso, el esclavo de Dios debe abstenerse de hacerlos. Porque aquel que no se abstiene de estos no puede vivir para Dios. Escuchen también ahora sobre las cosas que siguen a estas». «¿Existen todavía otras obras malvadas, Señor?», pregunté. «Sí, por supuesto», me dijo, «hay muchas de las que el esclavo de Dios debe abstenerse: robo, mentira, fraude, dar falso testimonio, avaricia, deseos pecaminosos, falacia, vanidad, altanería y otras similares. ¿No te parecen malignas estas cosas?» «Sí, por supuesto», dije, «muy malvadas para los esclavos de Dios». «Por eso es necesario que el esclavizado a Dios se abstenga de estas cosas».
El pastor de Hermas (c. 130)
El pastor de Hermas es uno de los documentos cristianos más antiguos aparte del Nuevo Testamento. Hace referencia a los creyentes como «esclavos de Dios» cierta cantidad de veces, como evidencia la nota al pie de la página.1 Otros antiguos documentos cristianos evidencian un entendimiento similar de la vida cristiana. Por ejemplo, la Primera Epístola de Clemente de Roma (escrita por el 95 a.d.), se refiere a Dios como «el Amo» en unos veinte pasajes.2 De forma similar, en su carta a los de Filadelfia, Ignacio (alrededor del 50-110 a.d.) escribió sobre el «sacerdote junto al presbítero y los diáconos, mis compañeros esclavos».3
Como lo explica Charles Spurgeon:
salvado por gracia, son «creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2.10). Ahora caminan en obediencia gozosa, motivada por el amor sincero a su Amo (Juan 14.15). Como lo explica Charles Spurgeon:
Todo cristiano verdadero afirma sin ningún ambages que Jesús es su Señor. Porque deseamos que Él lo sea en todo y sobre cada parte de nuestro ser... Aquel que de veras ama a Jesús y sabe que es uno de sus redimidos, confiesa con todo su corazón que Jesús es su Señor, su Soberano absoluto, su Déspota usada esta palabra en el sentido de Cristo con monarquía ilimitada y dominio supremo y absoluto sobre el alma.
UNA ORACIÓN QUE PIDE SANTIDAD
Y FRUCTIFICACIÓN
“El Dios de paz . . . os haga aptos en toda buena obra
para que hagáis sus voluntad". Esencialmente, esta petición pide que se le
otorgue al pueblo de Dios santidad práctica y fructificación. Aunque el pacto
eterno ha sido llamado con propiedad “el pacto de la redención", debemos
recordar cuidadosamente que su meta es asegurar la santidad de sus
beneficiarios. Inspirado por el Espíritu, Zacarías clama diciendo: “Bendito sea
el Señor, Dios de Israel. porque ... nos envió un salvador ... al acordarse de
su santo pacto ... Nos concedió que fuéramos libres del temor, al rescatarnos
del poder de nuestros enemigos [espirituales], para que le sirviéramos con
santidad en su presencia todos nuestros días” (Lc. 1:68‑69,72,74‑75, los
corchetes son míos). Aunque también se le ha llamado adecuadamente el” Pacto de
gracia", tenemos que recordar que el apóstol Pablo dijo: “En verdad, Dios
ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos
enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en
este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras aguardamos la
bendita esperanza ... (Tit. 2.11‑13). El gran objetivo del pacto eterno, así
como el de todas las obras divinas. es la gloria de Dios y el bien de su
pueblo. No fue diseñado sólo para exhibir la magnificencia divina sino para
conseguir y promover las exigencias de la santidad divina. Dios no entró en
pacto con Cristo para poner de lado la responsabilidad humana, ni el Hijo
cumplió con todos sus términos para hacer innecesaria la vida en obediencia de
sus redimidos.
Cristo no sólo aceptó propiciar a Dios, sino también
regenerar a sus elegidos. Cristo no sólo se dispuso a tomar el lugar de los
elegidos para satisfacer todos los requerimientos de la ley, sino también a
escribir esa ley en sus corazones y sentimientos. Cristo no sólo se comprometió
a quitar el pecado de la vista de Dios, sino también a hacer que sus santos lo
odien. Desde antes de la creación del mundo, Cristo no sólo emprendió la tarea
de satisfacer los requerimientos de la justicia divina sino de santificar su
simiente enviando al Espíritu para que habite en ellos, los conforme a su
propia imagen y los incline a seguir el ejemplo que les dejaría. Los que han
escrito últimamente sobre el pacto de gracia han insistido demasiado poco que
Cristo no sólo se comprometió con la deuda de su pueblo, sino que con su deber.
Cristo obtuvo para ellos la gracia de un corazón nuevo y un nuevo espíritu, a
fin de traerlos al conocimiento del Señor, y poner el temor de Dios en
corazones, y hacerlos obedientes a su voluntad. También se comprometió con la
seguridad de ellos. De modo que si descuidan su ley y abandonan sus juicios, él
visitará sus transgresiones con vara (Sal. 89:30‑36) y si retroceden y se
apartan de él, ciertamente los recuperará.
UNA PETICIÓN BIEN FUNDAMENTADA
Ahora volvámonos a la petición misma: “Y el Dios de
paz ... os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo
él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo” (RV60). Este
versículo está íntimamente relacionado a la totalidad del versículo precedente.
Entre ellos hay una bendita relación que nos inculca una enseñanza de gran
importancia práctica. Esta enseñanza se puede elaborar en forma sencilla, como
sigue: Las maravillosas obras de Dios en el pasado deben profundizar nuestra
confianza en él e impulsamos a buscar de sus manos bendiciones y misericordias
para el presente. Puesto que con tanta gracia proveyó un Pastor tan grande para
las ovejas, puesto que ha sido apaciguado con nosotros (sin que quede rasgo alguno
de ira en su rostro), puesto que ha exhibido tan gloriosamente su poder y su
justicia trayendo a Cristo de vuelta de la muerte, con toda seguridad podemos
contar con que seguirá estando a nuestro favor. Día tras día debemos esperar de
él todas las provisiones de gracia que necesitamos. Aquel que resucitó a
nuestro Señor es poderoso para vivificarnos a nosotros y hacernos fructíferos
para toda buena obra. Por consiguiente, miremos al “Dios de paz” e invoquemos
“la sangre del pacto eterno” cada vez que nos acerquemos al trono de
misericordia.
Dicho en forma más específica, el que Dios haya traído
a Cristo de regreso de la muerte es lo que nos garantiza infaliblemente que va
a cumplir todas sus promesas a los elegidos y todas las bendiciones del pacto eterno.
Esto queda claro en Hechos 13:32‑34, que dice: “Nosotros les anunciamos a
ustedes la buena nueva respecto a la promesa hecha a nuestros antepasados. Dios
nos la ha cumplido plenamente a nosotros, los descendientes de ellos, al
resucitar a Jesús . . . Dios lo resucitó ... Así se cumplieron estas palabras:
[resucitándolo] Yo les daré las bendiciones santas y seguras prometidas a
David” (los corchetes son míos). Al resucitar a Cristo, Dios cumplió la gran
promesa (que virtualmente contiene la totalidad de sus promesas) que le hizo a
los santos del Antiguo Testamento, entregando así una prenda en cuando a la
realización y cumplimiento de todas las promesas futuras, y dándoles vigencia.
Las “bendiciones santas y seguras prometidas a David” son las bendiciones que
Dios juró en pacto eterno (Is. 55:3). El derramamiento de la sangre de Cristo
ratificó, selló, estableció para siempre cada artículo contenido en ese pacto.
Al traerlo vuelta de la muerte, Dios ha asegurado a su pueblo que les concede
infaliblemente todos los beneficios que Cristo obtuvo para ellos mediante
sacrificio. Todas las bendiciones de regeneración, perdón, limpie
reconciliación, adopción, santificación, perseverancia y glorificación fueron
dadas a Cristo para sus redimidos, y en sus manos están seguras.
Por su obra mediadora, Cristo ha abierto un camino
mediante el cual Dios puede conceder, en armonía con toda la gloria de sus
perfecciones, todas cosas buenas que fluyen de las perfecciones divinas. Así
como el consejo divino determinó que era imprescindible que Cristo muriera para
que los creyentes pudieran recibir aquellas “bendiciones santas y seguras”, de
la misma forma estableció que su resurrección era igualmente indispensable para
que, viviendo en el cielo, nos pudiera impartir esas bendiciones, que eran el
fruto de su ago y la recompensa de su victoria. Dios ha cumplido para con
Cristo cada uno los artículos acordados en el pacto eterno, es decir, lo trajo
de vuelta de muerte, lo exaltó a su mano derecha, lo invistió de honor y gloria,
lo sentó en trono del mediador, y le dio un nombre que es sobre todo nombre. Y
lo que Dios ha hecho por Cristo, la cabeza, es garantía de que cumplirá también
todo lo que ha prometido a los miembros de Cristo. Es glorioso y bendito saber
que todo lo nuestro, en esta vida y en la eternidad, depende totalmente de lo
que ocurrió entre el Padre y Jesucristo, es decir, que Dios el Padre recuerda y
es fiel a sus compromisos con el Hijo, y que nosotros estamos en su mano (Jn.
10:2 30). Cuando la fe realmente hace suyo ese grandioso hecho, todo temo
incertidumbre se desvanece; todo alegato y conversación acerca de nuestra
indignidad es silenciada. ¡“Digno es el Cordero” se convierte en nuestro tema y
en nuestro cántico!
LA RESURRECCIÓN COMO PARTE DE
UN PROCESO LEGAL
Cristo fue sometido a un proceso legal formal. Jehová
cargó sobre él todas las iniquidades de sus elegidos. En consecuencia, la ley
divina lo declaró culpable. Por lo tanto, la justicia divina lo condenó
justamente y lo llevó a prisión. Como él cargaba con la culpa del pecado, Dios
estaba airado con él. Dios lo castigó hasta que pagara toda la pena impuesta
por la ley. Pero pagada la deuda, y habiéndosele infligido la pena establecida
por la ley, se satisfizo la justicia y se aplacó a Dios. Así que, Dios el Padre
llegó a ser “el Dios de paz", tanto para Cristo como para sus
representados (Ef. 2:15‑17). Como la ira de Dios fue aplacada y su ley fue
engrandecida y vindicada (Is. 42:21). Dios procedió a exonerar al Fiador,
justificándolo y poniéndolo en libertad (ls . 50:8: 1 Ti. 3:16). Tal cual había
sido predicho: “Fue tomado de la cárcel y del juicio: y ¿quién declarará su
generación? (Is. 53:8, según la versión King James). James Durbam, escribió
(1682) una excelente exposición de Isaías 53 ‑casi imposible de obtener en la
actualidad. En su exposición, Durham demostró en forma concluyente que Isaías
53:8 describe la exaltación de Cristo, después de su humillación. Demostró que
el término generación se usa en el sentido de duración o continuación (tal como
ocurre en Josué 22:27, “los que vendrán después” en RV60). “Así como su
humillación fue profunda, también su exaltación fue inefable; no puede ser
declarada, ni concebida adecuadamente siendo su continuación para
siempre".
Condensando las palabras de Durham, su análisis de
Isaías 53:8 es con sigue:
1. Aquí se afirma algo acerca de Cristo: “fue tomado (o
1evantado') de la cárcel y del juicio.” 2. Se señala algo que no puede ser
expresado: “¿quién declarará su generación [continuación]?” 3. Para ambas cosas
se ofrece una razón: “porque fue cortado de la tierra de los vivientes."
La cláusula “fue tomado de la cárcel y del juicio” no
sólo nos recuerda que Cristo fue arrestado, mantenido en custodia y llevado a
juicio ante el Sanedrín y los magistrados civiles. Ante todo, nos recuerda que
los rigores de la humillación y del sufrimiento al que fue sometido Cristo, se
debieron a su comparecimiento ante el tribunal de Dios en su calidad de Esposo
y Fiador legal de su pueblo (sus ovejas, Jn. 10: 14,15). Legalmente estaba
obligado a pagar las deudas del pecado de su pueblo (puesto que había aceptado
voluntariamente ser su esposo): “Por la rebelión de mi pueblo fue herido” (Is.
53:8). Los envidiosos líderes judíos (y sus seguidores), que con manos impías
crucificaron y golpearon al Príncipe de la vida (Hch. 2:23; 3:15), no tenían ni
la menor idea de la gran transacción habida entre el Padre y el Hijo, a la cual
ellos ahora daban cumplimiento. Ellos sólo se estaban rebelando contra el Hijo
de David, el popularmente aclamado Rey de Israel (Jn. 1:49; 12:13), y lo hacían
de modo congruente con la preservación de sus propios intereses egoístas como
hombres de poder, riqueza y prestigio entre los judíos. Sin embargo, en su alta
traición contra el Señor de la gloria, a quien no conocían (I Co. 18), estaban
cumpliendo lo que Dios había determinado (Hch. 2:23; 4:25‑28; cf. Gn.
50:19,20). Llevaron a juicio al Substituto designado como si fuese un criminal
común.
Se puede tomar la palabra cárcel (Is. 53:8) en el
sentido más general de 1 dolores y las angustias de espíritu que el Señor Jesús
padeció bajo la maldición de la ley; y juicio debe apuntar a la horrenda
sentencia que fue pronuncia sobre él.
Cristo se refería a su inminente juicio cuando dijo:
“De un bautismo ten que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se
cumpla!” (Le. 12:5 RV60). Su agonía en el huerto y su grito de angustia en la
cruz pueden atribuir a los dolores y confinamiento en la cárcel. Finalmente, la
tumba fue su prisión.
EL GRAN PASTOR
Lo expuesto arriba nos hará percibir mejor por qué el
apóstol Pablo designó a Cristo como “el gran Pastor". No sólo fue
anunciado por Abel, por los pastores patriarcales; no sólo fue tipificado por
David, sino que las predicciones mesiánicas lo retrataron como el pastor de
Jehová. Debemos notar que este título muestra sus dos naturalezas, la divina y
la humana, pues dice: “el pastor, . . . el hombre compañero mío, dice
Jehová”(Zac. 13:7). Como Thomas Goodwin (1600‑1680 d.C.) señaló hace algunos
siglos, este título también implica todos los oficios de Cristo: su oficio
profético, “como pastor apacentará su rebaño”(Is. 40: 11; cf. Sal 23:1,2); su
oficio sacerdotal, “el buen pastor da su vida por las ovejas”(Jn. 10: 11); su
oficio real, el mismo texto que lo anuncia como pastor sobre el pueblo de Dios
también lo denomina “príncipe”(Ez. 34:23,24). Cristo mismo señala la conexión
entre su oficio real y la descripción que de él se hace como pastor: “Cuando el
Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su
trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a
unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras”(Mt. 25:31,32).
Ciertamente, él es el “gran Pastor,” todo suficiente para su rebaño.
EL GRAN PASTOR DE LAS OVEJAS
Fue muy pertinente y apropiado que una epístola que se
dirige mayormente a judíos creyentes usase este título para referirse a Cristo,
puesto que el Antiguo Testamento les había enseñado a buscar al Mesías en esa
función específica. Moisés y David, prominentes tipos de Cristo, fueron
pastores. En cuanto al primero se dijo: “Condujiste a tu pueblo como ovejas por
mano de Moisés y Aarón”(Sal. 77:20). Usando el nombre del segundo, Dios
prometió a Israel que enviaría al Mesías: “Y levantaré sobre ellas a un pastor,
y él las apacentará; a mi siervo David [esto es, su antitipo: Cristo], él las
apacentará, y él les será por pastor”(Ez. 34:23, los corchetes son míos). Es
obvio que Pablo se refería aquí a esta profecía particular, pues más abajo
Ezequiel añade: “Y estableceré con ellos pacto de paz”(v. 25). Las mismas tres
expresiones son usadas en Hebreos 13:20, a saber: el Dios de paz, el gran
Pastor y el pacto eterno. En tono con el tema de la epístola, las tres
expresiones se usan para refutar el concepto erróneo que los judíos se habían
formado de su Mesías. Pensaban que les aseguraría una libertad externa como la
que consiguió Moisés. Pensaban que les traería un próspero estado nacional,
como el establecido por David. No se imaginaban que el Cristo derramaría su
preciosa sangre y que sería llevado a la tumba, aunque tenían que haberlo
sabido y entendido a la luz de la revelación profética.
Cuando Cristo apareció en su medio, se presentó a los
judíos con ese carácter. No sólo declaró: “Yo soy el buen pastor", sino
que agregó: “El buen pastor da su vida por las ovejas”(Jn. 10: 11). El
precursor de Cristo, Juan el Bautista, anunció de esta manera la manifestación
pública de Cristo: “Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo”(Jn. 1:29). Isaías 53 había anunciado al Señor Jesucristo en términos de
este doble carácter (con Ez. 34 como telón de fondo): “Todos nosotros nos
descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó
en él [es decir, en el pastor de las ovejas] el pecado de todos nosotros”(Is.
53:6, los corchetes son míos; cf. Zac. 13:7). Ahora notemos la maravillosa
concordancia que se da entre el siguiente versículo de la profecía de Isaías
(v. 7) y la oración que estamos estudiando: “como cordero fue llevado al
matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su
boca”(la cursiva es mía). Notemos cómo el mismo Espíritu que inspiró a Isaías,
también impulsó a Pablo a decir en Hebreos 13:20 que Dios “trajo de vuelta de
los muertos a nuestro Señor Jesucristo, al gran Pastor de las ovejas”(la
cursiva es mía). Porque el texto original no dice “resucitó, sino “sacó de
entre los muertos‑ (Versión Nácar‑Colunga). “sacó de la muerte”(Nueva Biblia
Española), o: “volvió a traer de entre los muertos”(Versión Moderna). El hecho
de que Dios haya traído de la muerte a este gran Pastor, significa que
previamente el Padre lo había llevado a la muerte como Substituto, como cordero
propiciatorio, por los pecados de sus ovejas. ¡Cuán minuciosamente adecuado es
el lenguaje de la Santa Escritura y cuán perfecta es la armonía verbal entre
ambos Testamentos!
El Espíritu guió a Pedro a que en su primera epístola
utilizara la misma maravillosa profecía referida al Señor Jesús. Primero se
refiere al Señor diciendo que fuimos rescatados por un “cordero sin mancha y
sin defecto”(1P.1: 18,19), después pasa a citar algunas de las expresiones
proféticas de Isaías 53, como la que habla de nosotros: “nos descarriamos como
ovejas", la que se refiere a la virtud salvadora de la obra expiatoria de
Cristo: “por sus llagas fuimos nosotros curados"; y la que habla de que al
llevar nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, Cristo estaba
cumpliendo transacciones celestiales con el Juez justo: “Pastor y Obispo de
vuestras almas”(I P. 2:24,25, RV60). Pedro fue guiado a hacer una exposición de
Isaías, retratando al Salvador como Cordero en la muerte y como Pastor en la
resurrección. Era inexcusable que los judíos no supieran del Cristo en este
particular oficio. Esta ignorancia es evidencia, si se tiene en cuenta que fue
uno de sus profetas el que anunció que Dios diría: “Levántate, oh espada,
contra el pastor, y contra el hombre compañero mío ... Hiere al pastor‑ (Zac.
13:7). Allí se presenta a Dios en su carácter judicial, como enojado con el
pastor por amor a nosotros. Puesto que él cargó con la responsabilidad de
nuestros pecados, la justicia tenía que ser satisfecha a costa suya. Ese fue
“el castigo de nuestra paz”impuesto sobre él, y el buen pastor dio su vida por
las ovejas para satisfacer los justos requerimientos de Dios.
NUESTRO FUNDAMENTO:
LA
RESURRECCIÓN DE CRISTO
“Y el Dios de
paz que trajo de vuelta de los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran pastor de
las ovejas, por la sangre del pacto eterno”(Heb. 13:20, Versión inglesa King
James). Considero que la referencia que el apóstol hace a la liberación de
Cristo de la tumba es el fundamento sobre el cual el apóstol basa la petición
que sigue. Creo que este es uno de los versículos más importantes del Nuevo
Testamento, así que voy a poner toda mi atención en cada una de sus palabras
tanto más si se considera que en la actualidad la gente casi no entiende parte
de su maravilloso contenido. Primero observaremos el carácter con que el Señor
es presentado aquí; en segundo lugar, examinaremos la obra de Dios, al
levantarlo de los muertos; en tercer lugar, la conexión entre esa obra y su
oficio como “Dios de paz”; cuarto, cómo
es que la causa meritoria de ello fue 1a sangre del pacto eterno"; y
quinto, la poderosa motivación que los méritos de la obra de Cristo producen,
para alentar a los santos a acercarse confiadamente al trono de la gracia donde
podrán obtener misericordia y hallar gracia para el tiempo de necesidad. Que el
Espíritu Santo se digne ser nuestro Guía al ponderar en oración esta parte de
la Verdad.
LAS ORACIONES APOSTÓLICAS:
BREVES Y ESPECIFICAS
Seguidamente, notemos la brevedad de las oraciones
apostólicas. Son oraciones cortas. No sólo algunas, ni la mayoría, sino la
totalidad de ellas son extremadamente breves, y la mayoría de ellas se
encuentran en no más de uno o dos versículos, y la más prolongada en sólo siete
versículos. Gran reproche es este contra las oraciones de muchos púlpitos
extensas, inertes y consadoras. Las oraciones locuaces suelen ser vanas. Vuelvo
a citar Martín Lutero esta vez sus comentarios sobre el Padrenuestro. dirigidos
a hombres sencillos del pueblo:
Cuando ores, que tus palabras sean pocas, pero tus
pensamientos y afectos, muchos; y sobre todo, que sean profundos. Cuanto menos
hables, mejor oras ... La oración externa y corporal es ese zumbido de labios,
ese balbuceo externo que sale sin pensar y que hiere el oído de los hombres.
Pero la oración en espíritu y en verdad es ese deseo interior, las intenciones,
los suspiros que provienen de las profundidades del corazón. La primera es la
oración de los hipócritas y de todos aquellos que confían en sí mismos; la
segunda es la oración de los hijos de Dios, de quienes andan en su temor.
Pongamos también atención en lo específicas que son.
Aunque extremadamente breves, las oraciones apostólicas eran muy explícitas.
No había en ellas vanas divagaciones ni meras generalizaciones, sino peticiones
específicas de cosas concretas. Cuánto error existe en este sentido. Cuántas
oraciones incoherentes y sin propósito hemos escuchado, tan carentes de
precisión y de unidad que, cuando llegaban al Amén final, difícilmente podíamos
recordar una sola cosa por la que se había dado gracias, o alguna petición que
se había hecho! La mente quedaba sólo con una impresión borrosa, y con la
sensación de que el suplicante se había ocupado más en predicar indirectamente
que en orar directamente. En cambio, si examinamos cualquiera de las oraciones
apostólicas, de inmediato se notará que sus oraciones son semejantes a las de
su Maestro en Mateo 6:9‑13 y Juan 17. Son oraciones constituidas de elementos
específicos de adoración, y peticiones agudamente definidas. No tienen frases
moralizantes ni pías, sino que exponen ante Dios ciertas necesidades, pidiendo
en forma sencilla que se suplan.
LOS CRISTIANOS DEBEN
DIRIGIRSE A DIOS COMO A PADRE
Concluiremos estas observaciones preliminares y
generales señalando a algunos de los rasgos más definidos de las oraciones
apostólicas. Así que, es importante observar a quién se dirigen estas
oraciones, pues si bien no se someten a una forma de expresión árida y
uniforme, sino que muestran una adecuada variedad de dicción, la forma más
frecuente en que se invoca a la Deidad es usando el nombre Padre, como en:
“Padre misericordioso” (2 Co. l:3); “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”
(Ef. 1:3; 1 P. 1:3, RV60); “Padre glorioso” (Ef. 1: 17); “Padre de nuestro
Señor Jesucristo” (Ef. 3:14). Este lenguaje evidencia claramente lo mucho que
los apóstoles observaban el mandato de su Maestro. Porque, cuando le pidieron:
“Señor, enséñanos a orar, él respondió de la siguiente manera: “Ustedes deben
orar así: Padre nuestro que estás en el cielo” (Mt. 6:9, la cursiva es mía). Lo
mismo les enseñó por medio de su ejemplo en Juan 17:1, 5, 11, 21, 24 y 25. La
instrucción y ejemplo de Cristo han quedado registrados para que aprendamos a
orar. No ignoramos que muchas personas han usado el apelativo Padre para
dirigirse a Dios de manera ilícita y superficial. Pero el abuso no justifica
nuestra negligencia para reconocer esta bendita relación. Nada ha sido mejor
calculado para producir calidez en nuestro corazón y darnos libertad de
expresión, que el reconocimiento de que nos estamos acercando a nuestro Padre.
Si en verdad hemos recibido el verdadero “Espíritu de adopción” (Ro. 8:15,
RV60), no lo apaguemos sino más bien sigamos su impulso y clamemos: “Abba,
Padre.”
LA ORACIÓN: UNA TAREA
UNIVERSAL ENTRE LOS CREYENTES
Pero no se piense que el énfasis que las epístolas
hacen indica que la oración es una tarea exclusiva de los predicadores. Lejos
de ser así, las epístolas van dirigidas a creyentes en general, quienes
necesitan practicar todo lo que estas cartas contienen. Los cristianos deben
orar mucho, no solamente por ellos mismos sino por todos sus hermanos y
hermanas en Cristo. Debemos orar deliberadamente de acuerdo con estos modelos
apostólicos, y pedir las bendiciones particulares que allí se especifican. Hace
mucho tiempo que soy un convencido de que no hay manera mejor ‑ni más práctica,
ni más valiosa, ni más eficaz‑de expresar nuestra solicitud y afecto por los
santos, que presentarlos en oración delante de Dios, y llevarlos en los brazos
de nuestra fe y de nuestro amor.
Al estudiar estas oraciones en las epístolas, y al
considerarlas frase por frase aprenderemos con mayor claridad qué bendiciones
debemos procurar para nosotros y para otros; sabremos cuáles son los dones y
gracias espirituales por los que debemos ser muy solícitos. El hecho de que
estas oraciones, inspiradas por el Espíritu Santo, hayan quedado registradas en
el sagrado volumen, hace ver que los favores particulares que en ellas se piden
son los que Dios nos ha permitido buscar y obtener de parte de él (Ro. 8:26,27;
1 Jn. 5:14,15).
LA ORACIÓN:
TAREA PRIMORDIAL
DE LOS MINISTROS
El hecho de que las epístolas del Nuevo Testamento den
fe de tantas oraciones, nos llama la atención sobre un aspecto importante de la
tarea ministerial. El predicador no ha terminado con sus obligaciones cuando
deja el púlpito, ya que es preciso que riegue la semilla que ha sembrado. Por
el bien de los predicadores jóvenes, permítaseme extenderme un poco sobre este
asunto. Ya hemos visto que los apóstoles se dedicaron “de lleno a la oración y
al ministerio de la palabra” (Hch. 6:4) dejando un ejemplo excelente para todos
aquellos que les siguen en esta sagrada vocación. No sólo hay que poner
atención al orden de prioridades que establecen los apóstoles, sino que hay que
obedecerlo y practicarlo. No importa con cuánto cuidado y laboriosidad
preparemos nuestros sermones, estos llegarán a los oyentes sin la unción del
Espíritu si no han nacido de un alma que se ha afanado delante de Dios. A menos
que el sermón sea el producto de intensa oración no esperemos que despierte el
espíritu de oración en aquellos que lo escuchan. Como ya se ha señalado, Pablo
entretejía oraciones entre las instrucciones que escribía en sus cartas. Es
nuestro privilegio y nuestro deber retirarnos a un lugar apartado después de
dejar el púlpito, para rogar a Dios que escriba su palabra sobre el corazón de
quienes nos escucharon, para evitar que el enemigo arrebate la semilla y para
bendecir nuestro esfuerzo de tal manera, que esas palabras lleven fruto para su
eterna alabanza.
Lutero solía decir: “Hay tres cosas que hacen eficaz a
un predicador: súplicas, meditación y tribulación.” No sé cómo explicó esto el gran reformador,
pero supongo que quería decir algo así: que la oración es necesaria para situar
al predicador dentro del marco adecuado, para manejar las cosas divinas y para
investirlo de poder divino; que la meditación en la palabra es esencial para
suplirle material para su mensaje, y que se requiere de la tribulación como
contrapeso de su nave, porque el ministro del evangelio necesita pruebas que lo
mantengan humilde, así como el apóstol Pablo recibió un aguijón en la carne
para evitar que se exaltara indebidamente por la abundancia de revelaciones que
le eran concedidas. La oración es el medio señalado para recibir comunicaciones
que edifiquen e instruyan al pueblo. Debemos dedicar mucho tiempo a estar con
Dios, antes de poder salir y hablar en su nombre. Epafras, uno de los pastores
de Colosas, había salido de casa para visitar a Pablo. Al concluir su epístola
a los Colosenses, Pablo informa a los destinatarios que Epafras intercedía por
ellos fielmente: “Os saluda epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de
Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones. para que
estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere. Porque de él
doy testimonio de que tiene gran solicitud por vosotros. . .” (Col. 4:12.13a.
RV60). ¿Sería posible recomendarlo a usted ante su congregación en esos
términos?
EL AMPLIO ESPECTRO DE LA
ORACIÓN
Antes de continuar, conviene señalar que en esta serie
de estudios no voy a limitarme a las oraciones de los apóstoles que expresan
peticiones. sino que abarcaré un espectro más amplio. Debemos recordar que en
la Escritura, la oración incluye mucho más que el darle a conocer a Dios
nuestras peticiones. Además, en una época caracterizada por la superficialidad
y la ignorancia de la religión revelada por D los, los creyentes tenemos
necesidad de que se nos instruya en todos los aspectos de la oración. Un texto
clave, que nos presenta el privilegio de exponer nuestras necesidades delante
del Señor subraya precisamente este aspecto: “No se inquieten por nada; más
bien, en toda ocasión con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y
denle gracias” (Fil. 4:6, la cursiva es mía). Si no expresamos nuestra
gratitud por las misericordias ya recibidas, ni damos gracias a nuestro Padre
por concedernos el continuo favor de poder presentarle nuestras peticiones,
cómo podremos esperar que nos atienda, para así recibir respuestas de paz? No
obstante la oración en su sentido más sublime y pleno transciende la gratitud
por los dones recibidos. El corazón se eleva al contemplar al Dador mismo, de
modo que el alma se postra ante él en culto y adoración.
Aunque no deberíamos apartamos de la materia que
estamos tratando para entrar en el tema de la oración, es preciso señalar que
todavía existe otro aspecto que debe preceder a la gratitud y las peticiones.
Me refiero al autoaborrecimiento y a la confesión de nuestra propia indignidad
y pecaminosidad. El ser humano debe recordar solemnemente que a quién se acerca
en oración, es nada menos que el Altísimo. Ante él, los mismos serafines se
cubren el rostro (Is. 62). Aunque la gracia divina ha hecho del cristiano un
hijo, todavía sigue siendo una criatura, y como tal está a una distancia
infinita e inconcebible del Creador. Es del todo apropiado que uno sienta
profundamente esta distancia entre la criatura y el Creador, y que la reconozca
tomando ante Dios su lugar en el polvo. Debemos recordar también que, por
naturaleza, no somos sólo criaturas sino criaturas pecadoras. De manera que, al
inclinamos delante del Santo, tiene que haber algo que sintamos nuestro. Sólo
así podremos, con algún sentido y realismo, invocar la mediación y los méritos
de Cristo como fundamento de nuestro acercamiento.
Es por esto por lo que, hablando en términos
generales, la oración incluye confesión de pecado, peticiones para que nuestras
necesidades sean suplidas, y el homenaje de nuestros corazones al Dador mismo.
En otras palabras, podemos decir que los principales elementos de la oración
son la humillación, la súplica y la adoración. Por tanto, a lo largo de esta
serie no sólo esperamos abarcar pasajes como Efesios 1: 16‑19 y 3:14‑21, sino
también versículos individuales, tales como 2 Corintios 1:3 y Efesios 1:3. La
expresión “bendito sea Dios” es en sí una forma de oración. Esto resulta
evidente a partir del Salmo 100:4: “Entrad por sus puertas con acción de
gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre” (RV60). Se
podrían dar otras referencias, pero con ésta es suficiente. El incienso
ofrecido en el tabernáculo y templo consistía de un compuesto de diversas
especias (Ex. 30:34,35); la mezcla de una con otra hacía que el perfume fuese
muy fragante y refrescante. El incienso era un tipo de la intercesión que
efectuaría nuestro gran Sumo Sacerdote (Ap. 8:3A) y de las oraciones de los
santos (Mal. 1:11). De la misma manera, en nuestro acercamiento al trono de la
gracia debe haber una mezcla proporcional de humillación, súplica y adoración;
no una cosa con la exclusión de otras, sino una mezcla de todas ellas.
PABLO: UN EJEMPLO EN ORACIÓN
El segundo rasgo que me impresionó mientras
consideraba el presente tema, es que la gran mayoría de las oraciones
apostólicas que han llegado hasta nosotros provienen del corazón de Pablo. Como
ya lo hemos dicho. esto era de esperarse. Si alguien preguntara por qué,
podríamos dar varias respuestas. Primero, Pablo fue ante todo el apóstol a los
gentiles. Santiago y Juan ministraron principalmente a los creyentes judíos
(Gá. 19), quienes aun en sus días de inconversos estaban acostumbrados a doblar
las rodillas delante del Señor. Pero los gentiles habían salido del paganismo y
lo más lógico era que su padre espiritual fuese también su padre devocional.
Además. Pablo escribió dos veces más epístolas inspiradas por Dios que todos
los otros apóstoles juntos. y en sus epístolas escribió ocho veces más
oraciones que todos los demás en las suyas. Pero recordamos principalmente lo
primero que el Señor dijo de Pablo después de su conversión: “Está orando”
(Hch. 9:1 l). Era como si el Señor estuviera dando la nota clave de lo que
sería la vida de Pablo puesto que se distinguiría primordialmente como un
hombre de oración.
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