martes, 29 de octubre de 2013

También tenemos la maravilla del agua. En ninguna
 otra parte del universo hallamos agua en abundancia,
 excepto acá en la Tierra. El agua, un maravilloso
solvente, disuelve casi cualquier cosa en esta tierra,
con excepción de aquellas cosas que sostienen la vida.
Este asombroso líquido existe como hielo, que res-
quebraja las piedras y produce suelo. Como nieve,
almacena agua en los valles. Como lluvia, riega y
purifica la tierra. Como vapor en la naturaleza,
provee humedad para la mayor parte de tierras
arables. Existe como cubierta de nubes, precisamente
en la cantidad correcta. Si tuviéramos nubes como
Venus, la Tierra no podría existir. Pero tenemos
exactamente el 50 por ciento de la superficie de la
tierra cubierta de nubes en cualquier tiempo, lo cual
permite que pase la correcta cantidad de luz solar.
Como vapor a presión, mueve la poderosa maquina-
ria que tenemos acá en la tierra. Fuera del bismuto, es
el único líquido que, a la temperatura de 4 grados
centígrados es más pesado que cuando está congela-
do. Si esto no fuera así, la vida no podría existir sobre
este planeta. Por tanto, cuando se congela, es más
liviana y flota. Si no fuera así, los lagos y ríos se
congelarían desde el fondo hacia arriba y matarían
todos los peces. Las algas quedarían destruidas y
nuestra provisión de oxígeno se acabaría, y la huma-

nidad moriría.
A unos 60 kilómetros de altura existe una delgada
capa de ozono. Si estuviera comprimida, sólo mediría
unos seis milímetros de espesor, y sin embargo, sin
esa capa la vida no podría existir. Ocho tipos de rayos
mortales caen continuamente sobre este planeta pro-
cedentes del Sol. Sin esa capa de ozono, esos rayos
solares nos quemarían, nos cegarían y nos asarían en
sólo uno o dos días. Los rayos ultravioletas vienen en
dos formas: los rayos largos, que son mortíferos y de
los cuales nos protege la capa de ozono, y los rayos
cortos, que son necesarios para la vida en la tierra y
que son admitidos por dicha capa. Además la capa de
ozono permite que los más mortales de esos rayos
pasen en cantidad muy mínima, suficiente para que
maten las algas verdes, que de otro modo crecerían y
llenarían todos los lagos, ríos y océanos del mundo.
¡Cuán poco entendemos lo que Dios está haciendo
continuamente para proveernos la vida! Vemos que
vivimos con una delgadísima capa de ozono que nos
protege de un bombardeo mortal invisible, que cons-
tantemente se cierne sobre nuestras cabezas. Debajo
de nosotros hay una delgada corteza de rocas, compa-
rativamente más delgada que la piel de una manzana.
Debajo de ella está la lava derretida que forma el
núcleo de esta tierra. Así que el hombre vive entre los
ardientes y ennegrecedores rayos de arriba y la lava
derretida de abajo; cualquiera de los dos podría
dejarlo achicharrado. Sin embargo, al hombre se le
olvida totalmente que Dios ha arreglado las cosas de

tal modo que pueda existir en un mundo como éste.
Luego tenemos el asombroso ciclo del nitrógeno. El
nitrógeno es un elemento sumamente inerte. Si no
fuera así, seríamos envenenados por diferentes formas
de combinaciones nitrosas. Sin embargo, debido
a que es inerte, es imposible que consigamos combinarlo
 naturalmente con otras cosas. Las plantas definidamente
lo necesitan en la tierra. ¿Cómo hace Dios
para sacar el nitrógeno del aire y meterlo en la tierra?
¡Lo hace por medio de los relámpagos! Cien mil
relámpagos caen en este planeta diariamente, y crean
cien millones de toneladas de nitrógeno útil como

alimento de las plantas en el suelo todos los años.


Tenemos la maravilla de nuestra atmósfera. Vivimos
 bajo un gran océano de aire compuesto de un 78
por ciento de nitrógeno, un 21 por ciento de oxígeno
y el 1 por ciento restante, de casi una docena de
microelementos. Los estudios espectrográficos de
otros planetas del universo estelar demuestran que
ninguna otra atmósfera, ninguna otra parte del
universo conocido, está compuesta de estos mismos
ingredientes, ni de nada que se parezca a esta
composición. Estos elementos no están combinados
químicamente, sino que se mezclan mecánicamente
en forma continua, mediante los efectos de marea
que la Luna produce sobre la atmósfera. La Luna
produce el mismo efecto sobre la atmósfera que sobre
los mares, y siempre provee la misma cantidad de
oxígeno. Aunque el hombre descarga una tremenda
cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, éste
es absorbido por el océano, y el hombre puede
continuar viviendo en este planeta.
Si la atmósfera no tuviera el espesor que tiene, los
miles de millones de meteoritos y de trozos de
desechos cósmicos que caen continuamente sobre
nuestro planeta, nos triturarían de seguro.


Otro sorprendente aspecto de nuestra relación con
el sistema solar es nuestra Luna. Muchas personas no
comprenden que sin la Luna sería imposible vivir en
este planeta. Si alguien tuviera alguna vez el éxito de
sacar a la Luna de su órbita, toda la vida se acabaría
en este planeta. Dios ha provisto la Luna como una
sierva para que limpie los océanos y las costas de todos
los continentes. Sin las mareas que crea la Luna, todos
nuestros puertos y playas se convertirían en un pozo
hediondo lleno de basura, y sería imposible vivir cerca
de ellos en ningún lugar. A causa de la marea, continuas
olas rompen en las costas del océano, con lo
cual airean los océanos de este planeta y proveen
oxígeno para el plancton, que es el fundamento
mismo de la cadena alimenticia de nuestro mundo.
Sin el plancton, no habría oxígeno, y el hombre no
podría vivir en esta tierra. Dios hizo la Luna del
tamaño preciso y la colocó a la distancia conveniente
de la tierra para que realizara estas y otras numerosas

funciones.
Consideremos el asombroso hecho de la inclinación
del eje de la Tierra. Ninguno de los otros planetas
está inclinado como el nuestro: a 23 grados. Este
ángulo permite que la Tierra voltee lentamente todas
las partes de su superficie ante los rayos del Sol, en
forma muy parecida a como gira un pollo en un asador. Si
su eje no tuviera inclinación, se acumularían
grandes masas de hielo en los polos, y la parte central
de la tierra se volvería intensamente caliente.


 

POR QUE CREO EN DIOS?

Consideremos la masa y el tamaño de este planeta en
 que hemos sido colocados. Son justamente los
correctos. El doctor Wallace dice que si la tierra fuera
un diez por ciento mayor o menor de lo que es, no
sería posible la vida en este planeta. Además, está
justamente a la distancia correcta del Sol, y así
recibimos la cantidad correcta de calor}' de luz. Si la
tierra estuviera más lejos de él, nos congelaríamos; y
si estuviera más cerca, como a la distancia a que están

Mercurio o Venus, no podríamos sobrevivir.