jueves, 12 de abril de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
La
hora de oración
¡Señor qué gran cambio
producirá en nosotros el pasar una hora en tu presencia!
¡Qué cargas tan pesadas
nos quitará del pecho! ¡Qué refrigerio, cual lluvia en verano!
Nos arrodillamos y
alrededor todo baja;
Y nosotros subimos, y
todo, cerca y lejos,
se destaca en el nítido
horizonte;
¡Débiles al caer de
rodillas; fuertes al levantarnos!
¿Por qué, pues,
caminamos con los hombros caídos abrumados de cuitas y problemas cuando sería
fácil obtener el remedio?
¿Por qué hemos de ser
débiles o fríos, angustiados, ansiosos, cuando orando tendremos paz en Ti,
gozo, fuerza y valor?
Los hombres de Dios son hombres de Oración
De todo ello vemos que la oración tiene un lugar
elevado entre todos los ejercicios de la vida espiritual. Todos los hombres de
Dios han sido hombres de oración. ¡Miremos, por ejemplo, a Baxter! Las paredes
de su estudio estaban descoloridas por su aliento; y cuando hubo sido ungido
por la unción del Espíritu Santo, de él brotaron ríos de agua viva sobre
Kidder-minster, siendo centenares los que se convirtieron. Lutero y sus
compañeros eran hombres de tal poder en la oración a Dios que quebrantaron el hechizo
de siglos y pusieron naciones enteras a los pies de la cruz. John Knox abarcó a
toda Escocia en los brazos de la fe; sus oraciones tenían aterrorizados a los
tiranos. Whitefield, después de mucha oración santa y fiel privada, fue a la
feria de Satanás, y arrancó más de mil almas de la garra del león en un solo
día. ¡Vemos a Wesley convirtiendo a diez mil almas para el Señor! Mirad a
Finney, cuyas oraciones, fe, sermones y escritos han sacudido a nuestro país
entero, y ha enviado una ola de bendición a las iglesias, a los dos lados del
mar.
El doctor Guthrie hablaba así de la oración y de
su necesidad: «La primera señal verdadera de vida espiritual, la oración, es
también el medio de mantenerla. El hombre no puede vivir físicamente sin respirar
como tampoco puede \i\u espiritualmente sin orar. Hay una determinada clase de
animales, los cetáceos, que habitan en las profundidades del mar. Es su hogar,
nunca se acercan a la orilla; sin embargo, aunque nadan bajo las olas y llegan
a grandes profundidades tienen que aparecer en la superficie, de vez en
cuando, porque han de respirar aire. Sin ello, estos monarcas de las
profundidades no podrían sobrevivir en el denso elemento en que se mueven. algo
semejante a lo que les impone la necesidad tísica, podemos decir del cristiano
que debe hacerlo por una necesidad espiritual. El cristiano ha de elevarse de
vez en cuando a Dios, por medio de la oración, hacia las regiones más puras de
las provisiones de la gracia divina, para poder mantener su vida espiritual. Si
be impide a uno de estos
animales que alcance la superficie, muere asfixiado; si se impide a un
cristiano llegar a Dios, muere por falta de oración».
«Dadme hijos», clamaba Raquel, «o muero».
«Dejadme respirar», dice el hombre que se ahoga, «o muero». «Dejadme orar»,
dice el cristiano, «o muero».
Desde que empecé a pedir a Dios bendición sobre mis estudios», dijo el doctor Payson cuando era un
estudiante, «he hecho más en una semana que antes en todo un año-.
Lutero, cuando se hallaba más agobiado de trabajo,
dijo: «Tengo tanto qué hacer que solamente puedo dedicar tres horas diarias a
la oración».
Y no solo los teólogos tienen en gran estima y
hablan así de la oración; hombres de todos los tipos de vida han dicho lo
mismo. El general Havelock se levantaba a las cuatro, si la hora de empezar la
marcha eran las seis, para no perder el precioso privilegio de la comunión con
Dios antes de emprender las marchas a que obligaba su profesión.
Su Matthew Hale decía: «Si descuido orar y leer la Palabra de Dios por la
mañana, nada va bien durante el día».
Una gran parte de mi tiempo», decía McCheyne, «lo
paso afinando mi corazón para la oración. Es el hilo que une la tierra con el
cielo».
Una perspectiva comprensiva de este tema nos
mostraría que hay nueve elementos que son esenciales para la verdadera
oración. El primero es la adoración; no podemos establecer contacto con Dios
en el mismo nivel, hemos de acercarnos a Él como quien está más allá de nuestro
alcance y nuestra vista. El siguiente es la confesión; el pecado ha de ser
eliminado. No podemos tener comunión con Dios mientras haya alguna
transgresión por nuestra parte. Si hay algo pecaminoso hecho por el hombre, no
puede esperar favor hasta haber confesado la falta. La restitución es otro;
hemos de hacer compensación por la falta, siempre que sea posible. La acción de
gracias es el próximo paso; hemos de estar agradecidos a Dios por lo que ha
hecho por nosotros ya. Luego viene ej perdón, y después la unidad; y luego,
tiene que haber fe. Bajo esta influencia estaremos preparados para ofrecer
nuestras peticiones. Escuchamos gran número de oraciones que no son nada más
que exhortaciones; si el individuo que ora no tuviera los ojos cerrados
supondríamos que está predicando. Hay también mucha oración que es solo buscar
faltas en otros. La esencia,de la oración es petición. Pero con ella y tras
ella ha de habpr sumisión. Mientras oramos hemos dé estar dispuestos a aceptar
la voluntad de Dios. Vamos a considerar estos nueve elementos en detalle, y cerraremos
nuestra pesquisa dando ilustraciones incidentales de la certidumbre de
recibir, bajo estas condiciones, respuestas a la oración.
Jesús, como Hombre de Oración
Jesús, como Hombre de Oración
Quiero llamar la atención del lector de modo especial
sobre Cristo como un ejemplo para nosotros en todas las cosas, pero de un- modo
especial en la oración. Leemos que Cristo oraba al Padre por todo. Toda gran
crisis de su vida fue precedida por la oración. Dejadme citar unos pocos
pasajes. Nunca noté hasta hace unos pocos años que Cristo estaba orando en su
bautismo. Mientras oraba, los cielos se abrieron, y el Espíritu Santo descendió
sobre Él. Otro gran acontecimiento de su vida fue la Transfiguración.
«Y entretanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido
blanco y resplandeciente» (Lucas 9:29).
En Lucas 6:12, leemos: «Aconteció en aquellos
días que Él salió al monte a orar, y pasó la noche entera en oración a Dios».
Éste es el único punto en que se nos dice que el Salvador pasó toda una noche
en oración. ¿Qué iba a acontecer? Cuando descendió del monte reunió a sus
discípulos y les predicó el gran mensaje conocido como el Sermón del Monte, el
sermón más maravilloso que ha sido predicado a los mortales. Probablemente no
hay otro sermón que haya hecho tanto bien, y fue precedido por una noche de
oración. Si nuestros sermones han de alcanzar los corazones y las conciencias
de la gente, hemos de estar en contacto con Dios en oración para que haya poder
en la Palabra.
En el Evangelio de Juan leemos que Jesús, junto a
la tumba de Lázaro, levantó sus ojos al cielo y dijo: «Padre, gracias te doy
por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la
multitud que está alrededor, para que crean que Tú me has enviado» (Juan 11:41,
42). Antes de hablar y devolver la vida al muerto habló a su Padre. Si hemos de
ver levantados a nuestros muertos espirituales, hemosae conse^hj_poder de Dios.
La razón por la que fallamos en conmover a nuestros prójimos es que tratamos de
ganarlos sin obtener poder de Dios antes. Jesús estaba en comunión con su
Padre, de modo que podía estar seguro de que sus oraciones eran oídas.
Y leemos en Juan (12:27, 28) que nuestro Señor
oraba al Padre. Creo que éste es uno de los capítulos más tristes de la Biblia. Estaba a
punto de dejar a la nación judía y de hacer expiación por los pecados del
mundo. Oigamos lo que dice: «Ahora está turbada mi alma, ¿y qué diré? ¿Padre,
sálvame de esta hora? Mas, para esto he llegado a esta hora». Estaba ya casi
bajo la sombra de la cruz; las iniquidades de la humanidad iban a ser puestas
sobre Él; uno de los doce discípulos iba a negarle y a jurar que nunca le había
conocido; otro le vendería por 30 monedas de plata; todos iban a abandonarle y
huir. Su alma estaba afligida en extremo y por ello ora. Dios le contestó.
Luego, en el huerto de Getsemaní, mientras oraba, un ángel apareció para
fortalecerle. En respuesta a su clamor: «Padre, glorifica tu nombre», se oyó
una voz del cielo que descendía desde la gloria: «Lo he glorificado, y lo
glorificaré otra vez» (Juan 12:28).
Otra memorable oración de nuestro Señor tuvo
lugar en el huerto de Getsemaní: «Y Él se apartó de ellos a una distancia como
de un tiro de piedra; y puesto de rodillas, oraba» (Lucas 22:41). Quisiera llamar
tu atención sobre el hecho de que cuatro veces llegó la respuesta del cielo
directamente mientras el Salvador oraba a Dios. La primera vez fue con ocasión
de su bautismo, cuando los cielos fueron abiertos y el Espíritu descendió sobre
Él en respuesta a su oración. Luego, en el monte de la Transfiguración ,
Dios se le apareció y le habló. Luego, cuando los griegos fueron a Él deseando
verle; y finalmente, cuando clamó al Padre en medio de su agonía recibió una
respuesta directa. Estas cosas son registradas, sin la menor duda, para
animarnos a orar.
Leemos
que sus discípulos acudieron a Él y le dijeron: «Señor, enséñanos a orar». No
se dice que les enseñara a predicar. He dicho más de una vez que me gustaría
mucho más poder orar como Daniel que predicar como Gabriel. Si tienes amor en
tu corazón de modo que la gracia de Dios pueda descender a contestar tu
oración, no tendrás dificultad para alcanzar a la gente. No es
por medio de sermone elocuentes que las almas que perecen pueden ser alcanzadas;
necesitamos el poder de Dios a fin de que pueda decender la bendicion.
La
oración que nuestro Señor enseñó a sus discípulos es comúnmente conocida como
Padrenuestro. Y por otros como la
Oración del Señor. Yo creo que la oración del Señor,
propiamente, es la del capítulo 17 de Juan. Ésta es la oración más larga de
Jesús de la que tenemos registro. Uno puede leerla lentamente y con cuidado en
unos 4 o 5 minutos. Aquí podemos aprender una lección. Las oraciones del
Maestro eran cortas cuando las ofrecía en público; cuando estaba a solas con
Dios ya era otra cosa, y podía pasar toda una noche en comunión con su Padre.
Según mi experiencia, Tos que pasan más tiempo en su cuarto en oración privada
generalmente hacen oraciones cortas en público. Las oraciones largas en
general no son oraciones y cansan a los demás. ¡Cuan corta fue la oración del
publicano!: «Ten misericordia de mí, pecador!». La mujer sirofenicia hizo una
oración más corta aún: «¡Señor, ayúdame!». Fue al blanco directamente, y
consiguió lo que quería. La oración del ladrón en la cruz fue muy corta:
«¡Acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino!». La oración de Pedro fue: «¡Señor,
sálvame que perezco!». De modo que puedes hojear las Escrituras y hallarás que
las oraciones que trajeron respuestas inmediatas fueron generalmente breves.
¡Que nuestras oraciones vayan al grano, di-ciéndole a Dios lo que querernos!
En
la oración de nuestro Señor, en Juan 17, hallamos que hizo siete
requerimientos: uno para El mismo, cuatro para los discípulos que le rodeaban,
y dos para los discípulos de épocas subsiguientes. Seis veces en esta oración
repite que Dios le ha enviado. El mundo le miraba como un impostor; y Él quería
que supieran que Dios le había enviado. Habló del mundo nueve veces, y hace
mención de sus discípulos y de los que creen en Él cincuenta veces.
La
última oración de Cristo en la cruz fue corta: «Padre, perdónalos porque no
saben lo que hacen». Creo que esta oración fue contestada. Vemos que allí
mismo, ante la cruz, se convirtió un centurión romano. Era, probablemente,
como respuesta a la oración del Salvador. La conversión del ladrón, creo, fue
en respuesta a la oración de nuestro bendito Salvador. Saulo de Tarso oyó, sin
duda, la oración de Esteban pidiendo misericordia por los que le apedreban. Las
palabras que oyó, tan parecidas a las de Jesucristo en la cruz, puede que le
siguieran hasta el camino de Damasco, donde el Señor se le apareció. Una cosa
sabemos: en el día de Pentecostés algunos de los enemigos del Señor fueron
convertidos. Sin duda, fue como respuesta a la oración: «Padre, perdónalos».
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